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Una educación al combate de la obesidad infantil

Hace pocos días, la Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas, (JUNAEB) entregó los resultados del Mapa Nutricional Junaeb 2016, el cual revela que más del 50% de los estudiantes entre 5 y 7 años posee un importante grado de obesidad.

Estas cifras siguen manteniéndonos entre los países de la región que poco han avanzado cuando de nutrición infantil se trata. Podríamos decir que faltan una serie de políticas de estado respecto al tema, así como un mayor empoderamiento de los gobiernos de turno al momento de desarrollar programas que logren combatir la pésima alimentación que muchos de los estudiantes chilenos reciben. Sin embargo, la responsabilidad debe ir más allá de las entidades que nos gobiernan; como ciudadanos también cumplimos un rol relevante a la hora de generar cambios en los hábitos alimenticios de nuestros hijos, pero ¿somos conscientes de ello?

En tanto nuestra sociedad chilena no conciba una transformación cultural en cómo debemos alimentarnos día a día, será difícil que los índices de obesidad infantil disminuyan. ¿Por qué será complejo modificar estos hábitos? Quizás la falta de especialistas en el tema y lo costoso que pueda llegar a ser un tratamiento nutricional, permita que nos rindamos frente a la responsabilidad de saber educar a nuestros niños/as en adoptar una alimentación saludable. Será que somos un país poco preventivo, donde simplemente nos preocupamos cuando aparecen aquellas enfermedades provocadas por la mala alimentación como: diabetes, anemia, hipertensión arterial, caries, cáncer, obesidad, entre otras.

Combatir la obesidad infantil consiste en que favorezcamos entre todos una educación que nos ayude a eliminarla. Si bien la responsabilidad no es solo de los jardines infantiles y las escuelas, dichas entidades pueden hacer mucho al respecto. Los establecimientos educacionales –a lo menos los que reciben recursos del estado– tienen la obligación de generar un programa sólido en cuanto a convivencia escolar se refiere; desde ahí es que son variadas las acciones que se pueden realizar para colaborar con la obesidad infantil: recreos y kioscos saludables; campañas semanales del consumo del agua, frutas y verduras; charlas con nutricionistas que eduquen a los padres y apoderados en una ordenada alimentación de sus hijos/as; actividades que potencien diariamente la actividad física de los estudiantes. Por nuestra parte, todos los profesores/as tenemos el compromiso de cultivar en los estudiantes la relevancia de alimentarnos sanamente.

Esta no es solo una tarea del docente que lleva a cabo la clase de educación física –que tiene un rol protagónico– sino que también, de parte de educadoras de párvulos; profesores; asistentes de la educación; la propia dirección del establecimiento y por sobre todo de cada uno de los apoderados.

Para ir disminuyendo los índices de obesidad infantil que cada año nos sorprenden, no hay otra cosa que concebir una transformación cultural entre los chilenos. Por más que existan leyes de etiquetados y programas de vida saludable, debemos cooperar inseparablemente entre todos. No es complejo partir educando desde el hogar, y para ello se requiere de voluntades que no solo beneficiarán a nuestros hijos, sino que también nos ayudará a que los adultos podamos ir poco a poco fomentando una cultura de la prevención hacia futuras enfermedades. Seamos imperiosos en provocar el cambio y erradiquemos de una vez la obesidad de los menores de edad.

Carlos Guajardo
Académico Facultad de Educación
Universidad Central