Allende marxista

Salvador AllendePor: Camilo Escalona, Senador por la región de Los Lagos

La historiadora Patricia Arancibia ha hecho pública su amarga queja por la retención de un libro de su autoría, sobre los 150 años de historia que  cumple  el ministerio de Justicia y que paradojalmente, la autoridad política – ministerial no desea distribuir. Su afirmación ha sido cruda y fuerte, ha señalado que hay más censura que en el peor momento del régimen militar.

Dicho esto de quien viene, una persona en nada cercana a la oposición política contra la dictadura, lo menos que se puede decir es que se trata de afirmaciones duras y fuertes.

Una de ellas se vincula al hecho histórico que en 1970, por la voluntad soberana del pueblo de Chile fue electo Presidente de la República, Salvador Allende.

Efectivamente, como constata la historiadora por primera vez se eligió un Presidente marxista. Es decir, fundaba su acción política y su visión del mundo en las ideas formuladas por el teórico y filósofo alemán Carlos Marx. Allende nunca lo ocultó y por el contrario, orgulloso de esa condición proclamaba su voluntad de impulsar un proceso de cambios sociales de acuerdo a la realidad chilena en democracia, pluralismo y libertad.

En otras palabras, Allende fue lo contrario de aquel estereotipo del término “marxista”, que tantas veces esgrimió el dictador Augusto Pinochet y otros violadores de los derechos humanos, que usaban tal calificativo con el exclusivo y siniestro propósito de ejecutar crueles acciones represivas, incluida la disminución física de sus opositores.

De triste recuerdo es aquella frase de Gustavo Leigh, el mismo 11 de septiembre de 1973, cuando señaló que el objetivo de la Junta Militar era “extirpar el cáncer marxista”.

Allende era un humanista laico, conocedor de la Teoría Marxista, concebida por él como una guía interpretativa de la realidad social y económica, abierta permanentemente a las transformaciones inevitables, e incluso deseables, “del constante devenir social”.

Allende era un político creador, con una mirada de largo plazo que daba coherencia a su infatigable lucha por una sociedad mejor, pero era un líder ajeno al fanatismo y la rigidez de quienes interpretan las ideas revolucionarias de Carlos Marx como un dogma, una receta inmodificable o peor aún, como un cuerpo pétreo y reseco, indiferente al país en el cual se sitúa el desafío, al cual no le importa lo que ocurre en su entorno, sino que vive sólo para su reproducción dogmática.

Por eso, Allende era socialista, lejano y profundamente ajeno al fanatismo y la irracionalidad de los que asumen el ideal socialista como una especie de libro sagrado, inmutable, estéril.

Es indudable que su “vía chilena”, obedecía a esas convicciones profundas. La petrificación de la construcción socialista bajo la llamada “teoría científica del marxismo-leninismo” en la Unión Soviética y su campo de alianzas durante medio siglo, hasta la caída del muro de Berlín, la conversión del partido único en una estructura de retroalimentación de un poder autoritario, sin democracia, le llevó a insistir durante décadas que el camino para Chile era “con democracia, pluralismo y libertad”. Sólo una alternativa profundamente chilena podía responder a las exigencias del camino revolucionario para Chile.

Es decir, para millones de luchadores, el término marxismo expresa un compromiso muy profundo, no dogmático, entrelazado al esfuerzo civilizatorio que entrega más dignidad y justicia, libertad al ser humano. En la vereda opuesta, para muchos terroristas de Estado no fue más que una palabra usada como excusa, para cometer atrocidades inenarrables.

La derecha se auto-encegueció con el terror que ella misma generó respecto de Allende y sus propósitos; por ello después del Golpe de estado de 1973, se hizo cómplice de las más inaceptables violaciones a los Derechos Humanos.

De manera que no resulta ociosa una reflexión sobre el sentido y las consecuencias que puedan adquirir una palabra en el proceso histórico y la vida de un pueblo. Allende era enemigo de toda censura. Fue un demócrata a carta cabal. Por eso, defendió hasta el final su concepción chilena para el cambio social en Chile.