17 de octubre de 2026

DIARIO EL NORTINO

Palabras que iluminan nuestro territorio

El cambio climático puede llegar a nuestra mesa: Tarapacá enfrenta el desafío de proteger sus alimentos, su agricultura y el bolsillo de las familias

¿Qué tiene que ver el cambio climático con lo que una familia paga por sus alimentos? Mucho más de lo que parece. Cuando disminuye la disponibilidad de agua, cambian las condiciones para producir, se alteran los ciclos agrícolas o una cosecha obtiene menores rendimientos, el problema deja de pertenecer exclusivamente al ámbito ambiental y puede comenzar a sentirse en ferias, mercados, supermercados y, finalmente, en el presupuesto de los hogares.

En Tarapacá esta discusión adquiere características particulares. La región se encuentra en uno de los territorios más áridos del planeta y una parte de su producción agrícola se desarrolla en valles, oasis, quebradas y sectores del interior donde cultivar ha requerido históricamente conocimiento del territorio, administración cuidadosa del agua y adaptación a condiciones ambientales exigentes.

La agricultura regional posee además un significado que supera su volumen económico. Detrás de los productos cultivados en el interior existen pequeños agricultores, familias rurales, comunidades indígenas, conocimientos transmitidos entre generaciones y localidades cuya permanencia también se encuentra vinculada a la posibilidad de continuar produciendo.

La información climática oficial disponible a través del Sistema Nacional de Acceso a la Información sobre Cambio Climático de Chile advierte sobre riesgos derivados de las sequías y de las alteraciones en las condiciones climáticas que pueden repercutir en la agricultura y en la productividad de los cultivos. Estos escenarios adquieren especial relevancia para pequeños productores y comunidades rurales, cuya capacidad para enfrentar pérdidas sucesivas puede ser considerablemente menor.

La disponibilidad de agua aparece nuevamente en el centro del problema. Una agricultura desarrollada en condiciones desérticas depende de administrar un recurso naturalmente escaso. Si aumenta la presión sobre las fuentes hídricas o cambian las condiciones que permiten su recuperación, producir determinados alimentos puede requerir mayores inversiones, nuevas tecnologías y modificaciones en las formas tradicionales de cultivo.

Pero existe otra dimensión que pocas veces se relaciona directamente con el cambio climático: el precio final de los alimentos. Una menor producción, pérdidas de cosechas, mayores costos de riego, dificultades de transporte o alteraciones en las cadenas de abastecimiento pueden generar presiones económicas que terminan trasladándose hacia consumidores y productores. No existe una relación automática entre un evento climático y el precio de cada producto, porque intervienen numerosos factores económicos y comerciales, pero una producción alimentaria más vulnerable incorpora nuevos riesgos a toda la cadena.

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Esto importa especialmente en una región que depende en gran medida del abastecimiento proveniente de otras zonas. El desafío de Tarapacá, por tanto, no consiste solamente en preguntarse qué ocurrirá con su agricultura local. También debe considerar qué sucede cuando eventos climáticos afectan simultáneamente carreteras, centros productores o cadenas logísticas ubicadas a cientos o miles de kilómetros.

Una interrupción de caminos causada por un evento extremo puede retrasar abastecimientos. Una sequía prolongada en una zona agrícola puede reducir determinadas cosechas. Temperaturas anómalas pueden modificar calendarios productivos. Cada fenómeno posee características distintas, pero todos permiten comprender una realidad fundamental: la seguridad alimentaria de las ciudades comienza mucho antes de que los productos lleguen a las góndolas de un supermercado.

Por ello, el cambio climático también representa un asunto social. Cuando suben los costos de determinados alimentos, las consecuencias son proporcionalmente más importantes para los hogares que destinan una mayor parte de sus ingresos a alimentación. Una eventual presión climática sobre la producción y el abastecimiento puede terminar profundizando desigualdades que originalmente parecen alejadas de la discusión ambiental.

La respuesta tampoco consiste en asumir que la agricultura del interior de Tarapacá está condenada a retroceder. Precisamente las condiciones extremas de la región pueden impulsar una nueva etapa de innovación agrícola basada en utilizar mejor cada litro de agua disponible, incorporar conocimiento científico y recuperar prácticas territoriales que durante generaciones permitieron producir en ambientes áridos.

El riego tecnificado constituye una de las herramientas disponibles, pero necesita formar parte de una estrategia más amplia. Monitorear humedad y condiciones del suelo, mejorar infraestructura de conducción, seleccionar cultivos adecuados, incorporar agricultura protegida, utilizar información meteorológica para planificar labores y desarrollar tecnologías capaces de reducir pérdidas puede aumentar la capacidad de adaptación de los productores.

A ello se suma un patrimonio que Tarapacá ya posee: el conocimiento ancestral de sus comunidades. Las prácticas agrícolas desarrolladas durante generaciones en quebradas, oasis y territorios altoandinos contienen experiencias de adaptación al clima, manejo del agua, selección de cultivos y comprensión de los ciclos naturales. La innovación agroclimática puede encontrar precisamente en la combinación entre conocimiento tradicional, ciencia y tecnología una de sus mayores fortalezas.

Existe también una decisión política de fondo. Proteger la agricultura regional requiere fortalecer a quienes producen. Los pequeños agricultores necesitan acceso efectivo a tecnología, financiamiento, capacitación, infraestructura hídrica, información climática y canales de comercialización. Una política de adaptación que incorpore solamente grandes inversiones, pero deje al pequeño productor enfrentando individualmente las transformaciones del clima, corre el riesgo de ampliar las brechas existentes.

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Fortalecer la producción local tampoco significa pretender que Tarapacá produzca todos los alimentos que consume. Significa aumentar su resiliencia, preservar actividades agrícolas estratégicas, proteger conocimientos y productos propios del territorio y disminuir vulnerabilidades allí donde sea técnica, ambiental y económicamente posible.

La agricultura puede convertirse así en parte de la solución. Tecnologías eficientes, sistemas de riego mejorados, cultivos adaptados a condiciones áridas, agricultura protegida, recuperación de prácticas ancestrales, innovación agroclimática y fortalecimiento de productores locales ofrecen alternativas concretas frente a un problema que requiere planificación de largo plazo.

El cambio climático deja entonces de medirse únicamente en grados Celsius. También puede medirse en litros de agua disponibles para producir, hectáreas que pueden mantenerse cultivadas, costos asumidos por agricultores, kilómetros que deben recorrer los alimentos y pesos que una familia necesita destinar semanalmente a su alimentación.

Por eso la pregunta “¿qué tiene que ver el cambio climático con lo que pagamos por nuestros alimentos?” debería ocupar un espacio mucho mayor en el debate público de Tarapacá. Hablar de seguridad alimentaria significa hablar simultáneamente de agua, agricultura, economía familiar, desarrollo rural, infraestructura y capacidad regional de anticipación.

El desafío político consiste en actuar antes de que esas variables comiencen a expresarse solamente como problemas. Tarapacá puede utilizar su experiencia de producir en uno de los ambientes más exigentes del planeta para construir una agricultura más eficiente, tecnificada y resiliente, sin perder los conocimientos que durante generaciones han permitido habitar y cultivar el desierto.

Porque cuando el clima modifica las condiciones en que se producen y transportan nuestros alimentos, sus efectos pueden recorrer un camino silencioso desde una parcela o una fuente de agua hasta terminar sobre la mesa de cualquier hogar. Y cuando eso ocurre, el cambio climático deja definitivamente de ser una discusión lejana: pasa a formar parte de la economía cotidiana de las familias y de las decisiones políticas sobre el futuro de la región.

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FONDO QHAPAQ AYMARA: Desarrollo Integral