17 de agosto de 2026

DIARIO EL NORTINO

Palabras que iluminan nuestro territorio

Tarapacá frente a una amenaza silenciosa: El agua que sostiene a la región podría no alcanzar para su futuro

¿Qué ocurriría si un día abriéramos la llave y descubriéramos que el agua que durante décadas consideramos disponible comienza a ser insuficiente? La pregunta puede parecer extrema, pero en una de las regiones más áridas del planeta adquiere una dimensión social, económica y política que merece ser discutida antes de que la escasez determine las decisiones por nosotros.

Vivir en Tarapacá significa habitar un territorio extraordinario y, al mismo tiempo, profundamente condicionado por el agua. Iquique y Alto Hospicio concentran gran parte de la población regional, mientras hacia el interior pequeñas localidades, comunidades indígenas, agricultores, ecosistemas altoandinos y actividades productivas dependen de un recurso que naturalmente es limitado. El agua, por tanto, representa mucho más que aquello que sale de una llave: sostiene ciudades, producción, agricultura, ecosistemas y posibilidades de desarrollo.

Pero existe una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿sabemos realmente de dónde viene el agua que bebemos? En Tarapacá, buena parte de la seguridad hídrica depende de fuentes subterráneas y sistemas naturales cuya existencia está relacionada con procesos ambientales que se desarrollan durante largos períodos. Acuíferos, vertientes, bofedales, humedales y salares forman parte de un sistema mucho más complejo que la infraestructura que finalmente lleva el agua hasta nuestros hogares.

Por ello, cuando hablamos de cambio climático, el debate regional debería superar la discusión acerca de si creemos o no creemos en él. La verdadera pregunta es cuánto conocemos nuestra disponibilidad de agua y qué estamos haciendo para garantizarla durante las próximas décadas. El Sistema Nacional de Acceso a la Información sobre Cambio Climático (SNAICC) recoge antecedentes del proceso participativo desarrollado en Tarapacá que identifican la escasez hídrica para los distintos usos entre los impactos prioritarios, asociándola con consecuencias agrícolas, sociales y de abastecimiento humano.

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El desafío adquiere todavía mayor importancia cuando observamos el crecimiento de nuestras ciudades y las nuevas demandas productivas. Cada nueva vivienda, establecimiento educacional, centro de salud, comercio, industria y proyecto económico requiere agua. Una región que aspira a desarrollarse necesita necesariamente preguntarse si su seguridad hídrica está creciendo al mismo ritmo que su población, infraestructura y economía.

Aquí aparece una interrogante política inevitable: ¿puede Tarapacá continuar creciendo indefinidamente con la misma disponibilidad de agua? La respuesta exige planificación de largo plazo. El agua no debería transformarse en un problema solamente cuando comienza a faltar. Su protección requiere anticipación, información pública, inversión, tecnología y decisiones capaces de trascender los períodos de una administración determinada.

También existe una dimensión de equidad. Una eventual escasez hídrica no afectaría de la misma manera a todos. Las familias con menores recursos, las localidades rurales, las comunidades del interior y quienes dependen directamente del territorio para producir sus alimentos poseen menores posibilidades de absorber aumentos de costos, interrupciones de suministro o deterioro de sus fuentes tradicionales. La seguridad hídrica es, por ello, también una cuestión de justicia territorial.

Los bofedales, vertientes y salares tampoco pueden observarse únicamente como elementos del paisaje. Constituyen sistemas naturales vinculados a biodiversidad, cultura, actividades tradicionales y formas de vida que han permanecido durante generaciones en el territorio. Proteger el agua significa también comprender que las decisiones adoptadas en un punto de la región pueden producir consecuencias ambientales y humanas mucho más allá de ese lugar.

Tarapacá tiene, sin embargo, una oportunidad extraordinaria. Su condición desértica puede convertirla en un territorio de innovación hídrica. Reutilización de aguas, eficiencia en el consumo, reducción de pérdidas, nuevas tecnologías de tratamiento, desalación evaluada bajo criterios ambientales, protección y monitoreo de acuíferos, recuperación de ecosistemas y utilización responsable de cada metro cúbico disponible forman parte de una conversación que la región necesita profundizar.

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Pero ninguna tecnología sustituirá una política hídrica construida con visión de futuro. Gobierno, municipios, empresas, universidades, organizaciones sociales, pueblos indígenas y ciudadanía necesitan participar de una misma discusión: cuánta agua tenemos, cuánto estamos utilizando, cuánto necesitaremos y cómo aseguraremos este recurso para quienes habitarán Tarapacá dentro de veinte, treinta o cincuenta años.

El cambio climático puede generar adhesiones, dudas e incluso incredulidad. El agua, en cambio, constituye una realidad imposible de abstraer de nuestra vida cotidiana. Está presente cuando bebemos, cocinamos, producimos alimentos, construimos una vivienda o proyectamos el crecimiento de una ciudad. Por eso quizás la discusión climática regional debería comenzar precisamente aquí.

Tarapacá todavía tiene la posibilidad de anticiparse. Esperar que el agua escasee para comenzar a actuar sería convertir un riesgo previsible en una crisis. La pregunta que debemos hacernos hoy no es solamente qué pasaría si el agua comenzara a faltar, sino algo mucho más importante: ¿qué decisiones estamos dispuestos a tomar ahora para que eso no determine el futuro de nuestra región?

QHAPAQ GLOBAL: Visión que conecta
FONDO QHAPAQ AYMARA: Desarrollo Integral