20 de agosto de 2026

DIARIO EL NORTINO

Palabras que iluminan nuestro territorio

Cuando el desierto recibe demasiada agua: Tarapacá enfrenta el desafío de prepararse para lluvias que pueden transformar el territorio

¿Cómo puede una región preocuparse por la falta de agua y, al mismo tiempo, temer sus lluvias? La aparente contradicción encuentra una explicación especialmente importante en Tarapacá: disponer de poca agua de manera permanente es muy diferente a recibir grandes cantidades de precipitación concentradas en períodos breves. En un territorio marcado por el desierto, las quebradas, la precordillera y el altiplano, el agua puede representar vida y desarrollo, pero cuando llega intensamente también puede transformarse en una amenaza.

Las precipitaciones estivales altiplánicas forman parte de la realidad del norte de Chile. SENAPRED mantiene precisamente un programa especial para las regiones de Arica y Parinacota, Tarapacá, Antofagasta y Atacama destinado a prevenir y reducir los riesgos asociados a las lluvias intensas que se producen en el altiplano durante el verano. Entre sus posibles consecuencias identifica aluviones, desbordes de ríos, derrumbes, deslizamientos, interrupciones de caminos, problemas de conectividad y afectación de servicios básicos.

Esta realidad obliga a mirar el territorio como un sistema conectado. Una precipitación intensa ocurrida en sectores cordilleranos puede activar cursos de agua y quebradas, movilizar sedimentos y afectar posteriormente caminos, puentes, viviendas u otra infraestructura. SENAPRED explica que los aluviones pueden originarse por precipitaciones intensas en sectores de altas pendientes y quebradas, y que estos flujos pueden desplazarse grandes distancias mientras arrastran barro, rocas y otros materiales.

La secuencia resulta particularmente significativa para Tarapacá: lluvias en el altiplano, activación de quebradas y cursos de agua, posibles aluviones o desbordes, interrupción de caminos, aislamiento de localidades y dificultades para mantener servicios esenciales. Lo que comienza como un fenómeno meteorológico puede convertirse rápidamente en un problema social, económico y político.

La discusión sobre cambio climático adquiere entonces una dimensión diferente. El problema no consiste solamente en determinar si durante un año lloverá más o menos, sino también en comprender cómo pueden variar la intensidad, localización y comportamiento de los eventos extremos y, especialmente, cuál es la capacidad de las comunidades y de la infraestructura regional para responder frente a ellos.

Una carretera interrumpida en el interior de Tarapacá representa mucho más que una dificultad para desplazarse. Puede significar una comunidad temporalmente aislada, problemas para acceder a atención médica, dificultades para trasladar alimentos y medicamentos, suspensión de actividades productivas o interrupciones en determinados servicios. El impacto de una emergencia se multiplica cuando afecta territorios alejados de los principales centros urbanos.

Aquí aparece una responsabilidad pública que merece atención. Si determinados sectores presentan riesgos conocidos, la planificación territorial, las obras de mitigación, el mantenimiento de cauces, la identificación de puntos críticos, los sistemas de alerta temprana y los protocolos de evacuación deberían formar parte permanente de la gestión regional. SENAPRED señala que sus programas preventivos buscan precisamente identificar puntos críticos, promover medidas de mitigación y coordinar a municipios, gobiernos regionales, servicios públicos y empresas.

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La prevención adquiere todavía mayor importancia en las pequeñas localidades del interior, donde una interrupción vial puede tener consecuencias proporcionalmente mayores que en una gran ciudad. En esos territorios, conocer las quebradas, observar el comportamiento de las lluvias y mantener mecanismos comunitarios de comunicación puede resultar tan importante como disponer de infraestructura física.

Consultada desde una perspectiva territorial y cultural, la Alianza Mundial Aymara plantea una mirada que amplía el debate. Desde la visión andina, el agua no debería comprenderse únicamente como un recurso que aparece cuando se abre una llave, ni la lluvia solamente como una amenaza meteorológica. El agua forma parte de una relación integral entre territorio, comunidades, animales, cultivos, bofedales, montañas y ciclos naturales.

Para la Alianza Mundial Aymara, la preocupación surge cuando las decisiones sobre prevención y adaptación se construyen alejadas de quienes han habitado históricamente el territorio. El conocimiento acumulado por las comunidades sobre quebradas, cauces, zonas de escurrimiento, comportamiento de las lluvias y transformaciones del paisaje puede aportar información valiosa a los sistemas técnicos contemporáneos. Ciencia, tecnología y conocimiento ancestral pueden complementarse en lugar de caminar por vías separadas.

Desde esa mirada andina, la llegada de las lluvias al altiplano posee además una significación que trasciende una lectura exclusivamente negativa. La lluvia alimenta ecosistemas, sostiene actividades tradicionales y forma parte de los ciclos de la vida. El desafío consiste en reconocer que esos mismos ciclos pueden generar situaciones de riesgo cuando las precipitaciones adquieren determinada intensidad o cuando viviendas, caminos e infraestructura ocupan sectores expuestos.

La discusión política debería avanzar, por tanto, desde la reacción hacia la anticipación. Reconstruir un camino después de un aluvión resulta indispensable, pero identificar previamente dónde puede interrumpirse y establecer alternativas de conectividad constituye una política preventiva. Atender a una localidad aislada durante una emergencia es fundamental, pero disponer anticipadamente de protocolos, comunicaciones y reservas esenciales puede reducir considerablemente sus consecuencias.

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Tarapacá necesita conocer con precisión sus puntos vulnerables. Las quebradas y cauces naturales requieren ser considerados dentro de la planificación territorial; las rutas estratégicas necesitan planes de contingencia; las comunidades aisladas deben disponer de sistemas efectivos de comunicación; y la ciudadanía necesita saber cómo actuar cuando existen alertas por precipitaciones intensas.

La prevención tampoco puede quedar exclusivamente en manos de los organismos de emergencia. Municipios, Gobierno Regional, servicios públicos, empresas, organizaciones sociales, comunidades indígenas y habitantes del territorio forman parte de una misma estructura de protección. Preparar a Tarapacá significa establecer responsabilidades antes de que comience la emergencia.

Existe además una importante oportunidad para incorporar soluciones adaptadas al territorio: sistemas de alerta temprana, monitoreo meteorológico y de quebradas, infraestructura resiliente, mapas comunitarios de riesgo, protección de cauces, planificación de rutas alternativas y mecanismos de comunicación que permitan alcanzar incluso a localidades alejadas.

La experiencia demuestra que una lluvia intensa puede afectar viviendas, caminos y servicios básicos; por ello, SENAPRED considera precisamente esos impactos dentro de la identificación de puntos críticos asociados a precipitaciones. La pregunta inevitable es si las inversiones actuales están considerando suficientemente aquellos lugares donde los problemas pueden repetirse.

En una región donde el agua escasea, puede resultar difícil imaginar que demasiada agua constituya también un problema. Sin embargo, allí reside una de las grandes paradojas climáticas de Tarapacá: se necesita garantizar agua suficiente para sostener la vida durante todo el año y, simultáneamente, desarrollar capacidad para enfrentar aquellos momentos en que llega abruptamente y con una intensidad capaz de modificar el territorio.

El desafío no consiste en temer a la lluvia. Consiste en conocerla, comprender el territorio y prepararse para sus diferentes manifestaciones. Para las comunidades andinas, observar la naturaleza ha sido durante generaciones una forma de convivencia y supervivencia. Incorporar esa experiencia a la ciencia, la infraestructura y la planificación contemporánea puede convertirse en una fortaleza regional.

Cuando el desierto recibe demasiada agua, la verdadera diferencia entre un fenómeno natural y una crisis social puede encontrarse en aquello que se hizo antes. Tarapacá tiene entonces una decisión que adoptar: continuar reaccionando frente a cada emergencia o transformar la prevención, el conocimiento territorial y la adaptación climática en una política permanente de protección de sus comunidades.

QHAPAQ GLOBAL: Visión que conecta
FONDO QHAPAQ AYMARA: Desarrollo Integral