16 de agosto de 2026

DIARIO EL NORTINO

Palabras que iluminan nuestro territorio

El acceso desigual a beneficios y redes universitarias

La universidad representa mucho más que un espacio destinado a impartir conocimientos. Desde sus orígenes, la educación superior ha sido concebida como una comunidad de aprendizaje donde convergen la formación académica, el desarrollo personal, la investigación, la creación cultural, el intercambio de ideas y la construcción de vínculos que, en numerosas ocasiones, acompañan a las personas durante toda su vida profesional.

Quien ingresa a una universidad no solo espera obtener un título. También aspira a formar parte de una experiencia que amplíe su visión del mundo, fortalezca sus capacidades de liderazgo, estimule el pensamiento crítico y permita construir relaciones humanas y profesionales que trasciendan las salas de clases.

Esa dimensión constituye uno de los mayores valores de la vida universitaria.

Sin embargo, cuando se observa con mayor detenimiento la realidad de una parte importante de quienes estudian en programas vespertinos o compatibilizan trabajo y estudios, surge una pregunta que merece una reflexión profunda: ¿todos los estudiantes tienen realmente acceso a esa experiencia universitaria integral?

La respuesta, como ocurre con muchos de los desafíos contemporáneos de la educación superior, difícilmente puede reducirse a un sí o un no.

Porque el acceso formal suele existir.

Las actividades extracurriculares están abiertas.

Los programas de acompañamiento académico se encuentran disponibles.

Las tutorías, seminarios, actividades deportivas, proyectos de investigación, centros de estudiantes, iniciativas culturales, programas de innovación, voluntariados y espacios de participación forman parte del ecosistema universitario.

Sin embargo, la posibilidad real de acceder a ellos no siempre depende exclusivamente de la voluntad del estudiante.

Depende, muchas veces, de algo mucho más complejo: la disponibilidad efectiva de tiempo.

Y allí vuelve a aparecer una diferencia silenciosa entre quienes pueden organizar su vida alrededor de la universidad y quienes deben organizar la universidad alrededor de una vida ya completamente ocupada por el trabajo, la familia y otras responsabilidades ineludibles.

Para un estudiante con dedicación exclusiva, participar en una charla académica durante la tarde, asistir a una tutoría extraordinaria, integrarse a un proyecto de investigación o permanecer varias horas adicionales en el campus puede constituir una extensión natural de su formación.

Para un estudiante trabajador, esa misma actividad puede significar solicitar permisos laborales difíciles de obtener, reorganizar responsabilidades familiares o simplemente renunciar al descanso necesario para continuar sosteniendo el ritmo de vida que exige estudiar y trabajar simultáneamente.

La diferencia no radica en el interés.

Radica en las posibilidades.

Y esa distinción resulta fundamental para comprender una dimensión poco discutida de la equidad universitaria.

Porque la experiencia educativa no termina cuando concluye una clase.

En muchas ocasiones, los aprendizajes más significativos se construyen precisamente en aquellos espacios informales donde estudiantes y docentes intercambian ideas, participan en proyectos colaborativos, desarrollan liderazgo, fortalecen habilidades comunicacionales o establecen redes que posteriormente influirán en sus oportunidades profesionales.

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Las universidades conocen muy bien el valor de esas experiencias.

Por ello dedican importantes esfuerzos al desarrollo de actividades complementarias que enriquecen la formación integral.

No obstante, cabe preguntarse si esas oportunidades están siendo aprovechadas por todos en condiciones relativamente equivalentes.

O si, por el contrario, una parte importante del estudiantado observa esas instancias desde la distancia, no por falta de interés, sino porque las exigencias cotidianas simplemente no les permiten participar.

Las redes humanas también forman parte del capital educativo.

Diversos estudios sobre educación superior y empleabilidad han señalado que las relaciones construidas durante la etapa universitaria suelen desempeñar un papel relevante en el desarrollo profesional posterior. Equipos de investigación, ayudantías, vínculos con docentes, participación estudiantil, proyectos interdisciplinarios e incluso amistades académicas pueden convertirse con el tiempo en oportunidades laborales, iniciativas de emprendimiento o espacios de colaboración profesional.

Cuando un estudiante permanece prácticamente limitado al horario estricto de clases, esa dimensión de la experiencia universitaria comienza a reducirse considerablemente.

No porque exista una decisión institucional de excluir.

Sino porque las dinámicas bajo las cuales funcionan muchas de esas actividades continúan respondiendo, en buena medida, a un perfil estudiantil con mayores niveles de disponibilidad.

Aquí emerge nuevamente un desafío que no necesariamente requiere grandes transformaciones estructurales, sino una reflexión institucional cada vez más sensible respecto de la diversidad de trayectorias presentes dentro de la universidad.

Las tecnologías digitales, la virtualización de actividades, la programación flexible de determinados espacios de acompañamiento, el fortalecimiento de comunidades académicas híbridas y nuevas formas de vinculación estudiantil han demostrado que es posible ampliar oportunidades de participación sin afectar la calidad de los procesos formativos.

De hecho, la experiencia acumulada durante los últimos años mostró que muchas actividades universitarias pueden desarrollarse exitosamente mediante formatos más flexibles, ampliando el acceso de personas que anteriormente encontraban importantes barreras de participación.

La pregunta, entonces, no consiste únicamente en determinar cuántos beneficios ofrece una universidad.

Quizás la pregunta más relevante sea cuántos estudiantes logran efectivamente acceder a ellos.

Porque una oportunidad disponible no siempre equivale a una oportunidad accesible.

Y esa diferencia, aunque sutil desde el punto de vista administrativo, puede tener profundas implicancias desde la perspectiva de la equidad educativa.

La educación superior cumple una función social que trasciende la transmisión de conocimientos.

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Forma ciudadanía.

Fortalece el pensamiento democrático.

Promueve el encuentro entre distintas realidades humanas.

Construye comunidades intelectuales.

Estimula la cooperación y el liderazgo.

Cuando una parte significativa de los estudiantes participa parcialmente de esa experiencia debido a restricciones derivadas de sus responsabilidades laborales o familiares, la reflexión deja de ser exclusivamente académica.

Comienza también a involucrar la forma en que concebimos la inclusión dentro de nuestras instituciones.

La inclusión universitaria no se limita al acceso.

También comprende la posibilidad real de vivir plenamente la experiencia que la universidad ofrece.

No basta con abrir las puertas.

También resulta necesario preguntarse si todos cuentan con posibilidades razonablemente equivalentes para recorrer los espacios que existen detrás de ellas.

Las universidades chilenas han demostrado históricamente un profundo compromiso con el desarrollo del país y con la ampliación del acceso a la educación superior. Ese proceso ha permitido que miles de personas, provenientes de contextos muy diversos, puedan construir proyectos de vida que anteriormente parecían inalcanzables.

Precisamente por ese compromiso, hoy surge una nueva oportunidad de reflexión.

No sobre el acceso.

Ese camino ya comenzó hace décadas.

La conversación actual parece orientarse hacia un desafío más sofisticado: cómo asegurar que la diversidad de estudiantes que hoy habita nuestras universidades pueda participar plenamente de la riqueza humana, académica y social que ellas representan.

Porque formar profesionales continúa siendo una misión esencial.

Pero formar comunidad sigue siendo una de las expresiones más profundas del sentido universitario.

Las redes que nacen dentro de una universidad muchas veces trascienden las aulas, los planes de estudio e incluso las generaciones. Allí se construyen confianzas, liderazgos, proyectos colectivos y vínculos que enriquecen tanto la vida profesional como el desarrollo de la sociedad. Garantizar que esas oportunidades sean cada vez más accesibles constituye un desafío que fortalece, y no debilita, la misión histórica de la educación superior.

Este especial periodístico nace precisamente desde esa mirada. No busca cuestionar el extraordinario aporte que las universidades realizan al desarrollo de Chile, sino aportar elementos de reflexión que permitan observar cómo la evolución del perfil estudiantil abre nuevas preguntas sobre inclusión, participación y equidad. Porque las instituciones que han sabido liderar los grandes procesos de transformación social son también aquellas que comprenden que escuchar las nuevas realidades constituye una forma permanente de seguir creciendo junto a la sociedad a la que sirven.

QHAPAQ GLOBAL: Visión que conecta
FONDO QHAPAQ AYMARA: Desarrollo Integral