
En la ceremonia de entrega del Sello de Excelencia a la Artesanía 2025, una de las voces más aplaudidas fue la de Adriana Mamani, destacada tejedora aymara, quien, con sencillez y emoción, declaró al recibir el reconocimiento: “Yo no tengo educación, lo único que sé es tejer”.
Sus palabras, pronunciadas desde la humildad y el orgullo de su oficio, generaron una profunda reflexión en el público y en la comunidad cultural. Pero, más allá de su intención, la frase invita a analizar qué entendemos por educación y por qué nadie carece completamente de ella.
En el lenguaje cotidiano, solemos asociar la educación únicamente con la instrucción formal, aquella que se adquiere en la escuela, el colegio o la universidad. Sin embargo, según la UNESCO, la educación tiene tres dimensiones: la formal, que se imparte en instituciones reconocidas; la no formal, que incluye cursos, talleres y capacitaciones organizadas fuera del sistema escolar; y la informal, el aprendizaje que ocurre a lo largo de la vida, en la familia, la comunidad y la experiencia cotidiana.
Bajo esta mirada, afirmar que alguien “no tiene educación” es inexacto, porque todas las personas aprendemos desde que nacemos, incluso antes de pisar una sala de clases. El conocimiento de Adriana Mamani -su dominio del tejido, su sabiduría ancestral y su conexión con la cosmovisión aymara- es una forma de educación tan valiosa como cualquier título universitario. Su arte no solo implica habilidad manual, sino también el manejo de símbolos, colores y significados transmitidos por generaciones, que conservan la memoria y la identidad de su pueblo.
El Sello de Excelencia a la Artesanía reconoce obras que destacan por su calidad, autenticidad y contribución cultural. El trabajo de Adriana Mamani no solo representa la excelencia artesanal, sino que la convierte en educadora de su comunidad, aunque ella misma no se identifique así. Cada pieza que teje cuenta una historia, preserva una lengua y reafirma la existencia de un pueblo originario. Su enseñanza se transmite sin pizarrón ni cuadernos, pero con la misma fuerza que cualquier clase magistral.
El impacto de sus palabras revela también una realidad: muchas personas que crecieron en contextos rurales o indígenas han sido invisibilizadas por no haber accedido a la educación formal. Sin embargo, sus saberes y experiencias son un patrimonio vivo que debe ser valorado y protegido. En tiempos donde la sociedad enfrenta desafíos globales -desde la pérdida de biodiversidad hasta la crisis cultural-, reconocer la diversidad de formas de aprendizaje es fundamental. El tejido de Adriana Mamani no es solo un arte, es una lección silenciosa de resiliencia, identidad y amor por la tierra.
Adriana Mamani nos recuerda que la educación no se limita a las aulas. Ella, que afirma “no tener educación”, en realidad posee un conocimiento profundo que trasciende generaciones y fronteras. Su historia nos invita a repensar la forma en que medimos el saber y a reconocer que cada persona, desde su propia realidad, es portadora de una educación única e irrepetible. El verdadero desafío está en aprender a mirar, escuchar y valorar esas otras formas de enseñanza que tejen la trama de nuestra humanidad.
Juan Carlos Hernández Caycho
Periodista, comunicador social, gestor cultural y vocero de la AMA


Más historias
Lideresas indígenas de 12 países son convocadas a la Escuela Regional para fortalecer su liderazgo y capacidad de incidencia en Abya Yala
Concurso busca que jóvenes den soluciones prácticas e innovadoras para reducir la pobreza
Especialistas dictan curso de actualización médica en imagenología pediátrica