
El séptimo hijo varón o la séptima hija mujer reciben el padrinazgo del Presidente de la Nación, una tradición única en el mundo que nació de antiguas creencias sobre el “lobizón” y hoy suma más de 11 mil ahijados.
En el corazón de las tradiciones argentinas late una costumbre que combina mito, historia y ley. Desde 1974, una normativa oficial consagra que el Presidente de la Nación se convierta en padrino del séptimo hijo varón o la séptima hija mujer de cada familia. Lo que en apariencia puede sonar excéntrico tiene raíces profundas en el folclore y en las supersticiones populares que aún perduran.
El mito del lobizón
Durante siglos, en distintos rincones de Sudamérica circuló la creencia de que el séptimo hijo varón se transformaría en lobizón, una especie de hombre lobo condenado a vagar en noches de luna llena. De igual manera, la séptima hija mujer era señalada como bruja. Ante el temor y el estigma social que estas supersticiones provocaban, surgió la costumbre de proteger al niño o niña dándole un padrino poderoso: nada menos que el Presidente de la República.
De la tradición al decreto presidencial
Aunque ya en 1907 el presidente José Figueroa Alcorta había apadrinado a un séptimo hijo de inmigrantes alemanes del Volga, la práctica recién se oficializó en 1974 con la Ley 20.843, promulgada durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón. Desde entonces, el padrinazgo presidencial es un derecho simbólico de cada séptimo hijo o hija.
El acto suele concretarse durante el bautismo, en presencia de un representante presidencial. El niño o niña recibe un diploma firmado por el Presidente, una medalla conmemorativa y, en algunos casos, una beca educativa.
Más de 11 mil ahijados presidenciales
Hoy, la tradición sigue vigente y, según datos oficiales, ya son 11.381 los ahijados presidenciales en Argentina. La mayoría son varones, mientras que desde 2014, gracias a un decreto de Cristina Fernández de Kirchner, se amplió la cobertura también a las séptimas hijas mujeres.
Las provincias con mayor cantidad de apadrinados son Buenos Aires con 2.530, Tucumán con 1.223 y Córdoba con 1.068. En el ranking histórico, Juan Domingo Perón lidera con 1.628 ahijados durante sus mandatos, seguido por Carlos Menem con 1.166 y Cristina Fernández de Kirchner con 1.152.
Un patrimonio cultural único
Lejos de desaparecer, esta tradición sigue viva y combina el peso de la historia con el color de lo popular. Para muchos, ser “ahijado del Presidente” es un orgullo que trasciende generaciones. Y aunque ya nadie cree que el séptimo hijo pueda convertirse en lobizón, el padrinazgo presidencial se mantiene como un símbolo de identidad nacional, mezcla de superstición y reconocimiento institucional.
Argentina, de este modo, ostenta una práctica que no se repite en ningún otro país del mundo, donde lo mágico y lo político se abrazan en una misma costumbre.


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