16 de agosto de 2026

DIARIO EL NORTINO

Palabras que iluminan nuestro territorio

La desigualdad invisible entre estudiar y sobrevivir

Cuando el derecho a estudiar comienza a competir con la obligación de trabajar

Durante años, el acceso a la educación superior ha sido presentado como uno de los principales caminos de movilidad social y desarrollo humano. La idea de que estudiar permite transformar la vida personal, profesional y económica ha sido instalada como una promesa legítima dentro de las sociedades modernas. Sin embargo, para una parte importante de quienes hoy ingresan a las aulas universitarias, esa promesa convive con una realidad mucho más compleja: la necesidad inmediata de sobrevivir.

Para miles de estudiantes, estudiar no constituye una actividad exclusiva ni siquiera predominante dentro de su vida cotidiana. Antes de asistir a una sala de clases deben cumplir jornadas laborales extensas, responder a exigencias económicas familiares, resolver responsabilidades domésticas y enfrentar el desgaste físico y emocional que implica sostener múltiples obligaciones simultáneamente. La universidad aparece entonces no como una experiencia idealizada de dedicación plena al conocimiento, sino como un esfuerzo extraordinario por construir futuro sin abandonar las urgencias del presente.

Esta realidad instala una pregunta profundamente incómoda para cualquier sistema educativo que aspire a la equidad: ¿puede ejercerse plenamente el derecho a estudiar cuando la obligación de trabajar se impone como condición de supervivencia?

La respuesta exige honestidad institucional.

Hablar de acceso universal a la educación superior resulta insuficiente si no se observan con atención las condiciones materiales desde las cuales ese acceso se ejerce. Ingresar a una universidad no equivale necesariamente a disponer de las condiciones reales para aprender. El derecho formal puede estar garantizado en la matrícula; el derecho efectivo comienza recién cuando existen posibilidades concretas de sostener el proceso formativo con dignidad.

Aquí aparece una desigualdad que pocas veces se discute con la profundidad necesaria. No se trata de diferencias visibles en infraestructura, aranceles o planes curriculares. Es una desigualdad silenciosa, muchas veces naturalizada, que se instala en la experiencia cotidiana del estudiante trabajador.

Mientras algunos pueden destinar horas a investigar, estudiar, participar de tutorías, integrarse plenamente a la vida académica o simplemente descansar para rendir mejor al día siguiente, otros deben administrar cada minuto bajo una lógica de resistencia. Estudian durante traslados, revisan contenidos en breves pausas laborales, sacrifican horas de sueño y convierten la fatiga en compañera permanente de aprendizaje.

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El esfuerzo es inmenso.

Pero precisamente porque ese esfuerzo resulta admirable, no debería transformarse en una excusa para invisibilizar la desigualdad estructural que lo rodea.

Existe una tendencia peligrosa a romantizar al estudiante que “sale adelante pese a todo”. Se celebra su sacrificio, se exalta su perseverancia y se presenta su historia como símbolo de mérito individual. Sin embargo, pocas veces se pregunta si una sociedad verdaderamente justa debería exigir semejante desgaste para ejercer un derecho que debiera estar plenamente garantizado.

La admiración por la resiliencia no puede reemplazar la obligación institucional de revisar estructuras.

Cuando una universidad diseña sus dinámicas académicas bajo la presunción de disponibilidad plena, sin considerar que una parte significativa de su comunidad enfrenta condiciones radicalmente distintas, corre el riesgo de reproducir inequidad bajo la apariencia de igualdad formal.

No se trata de disminuir estándares ni de construir excepciones arbitrarias. Tampoco de relativizar la exigencia académica que debe caracterizar toda formación universitaria seria. Se trata de reconocer que el rigor pierde legitimidad cuando desconoce la realidad concreta de quienes deben sostenerlo.

La educación superior tiene el deber de formar excelencia, pero esa excelencia no puede medirse únicamente por la capacidad de adaptación del estudiante al sistema. Debe medirse también por la capacidad del sistema para comprender la complejidad humana de quienes educa.

El agotamiento físico y mental que experimentan muchos estudiantes nocturnos rara vez aparece reflejado en diagnósticos institucionales, debates curriculares o estrategias pedagógicas profundas. Muchas veces permanece encapsulado en experiencias individuales, vividas en silencio y asumidas como un costo inevitable del progreso personal.

Pero no debería ser así.

El cansancio extremo no constituye únicamente una experiencia privada; es también un dato estructural que interpela directamente la organización de la enseñanza.

Un estudiante agotado no enfrenta solo una dificultad personal. Enfrenta una tensión sistémica entre las condiciones reales de su existencia y las condiciones ideales bajo las cuales fue pensado el modelo educativo que debe habitar.

Ignorar esta tensión no elimina sus efectos. Solo los desplaza hacia la frustración silenciosa, la disminución progresiva del rendimiento, la desconexión emocional con la experiencia universitaria y, en muchos casos, el abandono.

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Y cuando aquello ocurre, suele instalarse una interpretación injusta: se atribuye el fracaso exclusivamente a debilidades individuales, como si la deserción fuera siempre resultado de insuficiente esfuerzo, escasa disciplina o falta de compromiso.

La realidad suele ser mucho más compleja.

A veces lo que fracasa no es el estudiante.

A veces fracasa un sistema que todavía no termina de dialogar plenamente con la complejidad humana que pretende formar.

La universidad contemporánea enfrenta aquí una oportunidad histórica. Puede persistir en modelos heredados que descansan sobre supuestos cada vez más lejanos a la realidad social, o puede asumir con inteligencia institucional el desafío de rediseñar sus prácticas desde una comprensión más profunda de quiénes son realmente sus estudiantes.

El derecho a estudiar no debería competir con la obligación de trabajar.

Una sociedad madura debe aspirar a construir instituciones capaces de armonizar ambas dimensiones, permitiendo que el conocimiento no sea un privilegio reservado a quienes disponen de mejores condiciones iniciales, sino una herramienta real de transformación para quienes, incluso en medio de enormes exigencias, se niegan a renunciar al futuro.

Ese es el desafío silencioso que hoy interpela a la educación superior.

Y también una de las conversaciones más urgentes que nuestro tiempo exige abrir con honestidad, responsabilidad y visión de largo plazo.

Porque detrás de cada estudiante que estudia de noche mientras trabaja de día no existe una excepción estadística ni una simple categoría administrativa. Existe una historia de esfuerzo. Existe una apuesta de dignidad. Existe una voluntad concreta de transformar el destino mediante el conocimiento.

Y ninguna universidad que aspire verdaderamente a formar futuro puede permitirse mirar esa realidad sin preguntarse, con humildad institucional y visión académica, si está haciendo todo lo necesario para responder a ella.

Este especial periodístico nace desde esa convicción serena y necesaria: contribuir, con respeto y rigurosidad, a una reflexión que fortalezca a la educación superior chilena, promoviendo un diálogo honesto entre universidad, sociedad y comunidad estudiantil sobre los desafíos que exige el presente y las transformaciones que demanda el futuro.

QHAPAQ GLOBAL: Visión que conecta
FONDO QHAPAQ AYMARA: Desarrollo Integral