
Durante la última semana la palabra ética ha vuelto a instalarse con fuerza en el debate político. Se menciona en discursos, entrevistas y declaraciones públicas como si fuese un patrimonio exclusivo de algunos sectores o como si determinados grupos tuvieran mayor autoridad moral que otros para invocarla.
Sin embargo, la ética no pertenece a nadie. No es propiedad de un partido, de una ideología ni de una generación política determinada. La ética, en realidad, es mucho más compleja y profundamente humana que cualquier consigna.
Desde la filosofía clásica, pensadores como Aristóteles entendían la ética como el resultado de los hábitos que una persona cultiva a lo largo de su vida. No nace de un discurso ni de una declaración pública; nace de la práctica cotidiana, de las decisiones que se toman incluso cuando nadie está mirando. Más tarde, otros pensadores recordaron que esos hábitos no se forman en el vacío: se desarrollan dentro de una comunidad, en un entorno social que moldea nuestra manera de entender el mundo.
Si miramos nuestra propia realidad regional, Tarapacá ofrece un ejemplo muy claro de esta reflexión. Nuestra región es un territorio de contrastes. Aquí conviven historias de esfuerzo, solidaridad y emprendimiento con realidades complejas marcadas por desigualdades sociales, migración, informalidad laboral y tensiones propias de una zona fronteriza.
Las personas que nacen y crecen en ambientes donde predominan el respeto, la cooperación, la honestidad y el sentido de comunidad suelen incorporar esos principios como parte natural de su conducta. Para ellas, actuar con rectitud no es una consigna moral ni una bandera política: es simplemente la forma en que aprendieron a vivir.
Pero también existen entornos donde la vida cotidiana se desarrolla en condiciones mucho más duras, donde la precariedad, la exclusión o la falta de oportunidades generan códigos sociales distintos. En esos contextos, las decisiones de las personas muchas veces están condicionadas por realidades que quienes observan desde la distancia difícilmente comprenden en toda su profundidad.
Esto no significa justificar conductas que dañan a otros. Significa reconocer una verdad incómoda pero necesaria: los valores humanos también se construyen dentro de contextos sociales.
Por eso resulta tan problemático cuando la ética se transforma en un arma política, utilizada para señalar al adversario mientras se proclama una supuesta superioridad moral propia. La ética no se declama desde una tribuna; se demuestra en la vida cotidiana, en la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
Tarapacá necesita precisamente esa coherencia. No necesita discursos moralizantes que dividan a la sociedad entre “éticos” y “no éticos”. Necesita líderes, ciudadanos e instituciones que comprendan que la ética pública se construye con transparencia, con responsabilidad y con respeto por las personas.
En una región como la nuestra, donde la convivencia social enfrenta desafíos reales y complejos, la ética no puede ser una consigna de campaña ni un instrumento de confrontación política. Debe ser una práctica compartida que permita fortalecer la confianza entre la ciudadanía y quienes ejercen responsabilidades públicas.
Tal vez la reflexión más importante sea recordar que la ética no nace en el poder ni en los discursos. Nace en la vida cotidiana de las personas, en las familias, en las escuelas, en las comunidades y en la forma en que nos relacionamos con los demás.
Y en ese sentido, Tarapacá tiene una enorme oportunidad: demostrar que la ética no es una bandera que separa a unos de otros, sino un valor que puede unir a una región diversa que busca construir un futuro con mayor dignidad y respeto para todos.
Juan Carlos Hernández Caycho
Periodista, comunicador social, gestor cultural y vocero de la AMA


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