15 de agosto de 2026

DIARIO EL NORTINO

Palabras que iluminan nuestro territorio

La otra verdad de las tomas: Cuando ser chileno no garantiza un techo digno

Más del 50% de quienes viven en tomas son chilenos que han sido olvidados por un sistema que no los ve, no los escucha y los empuja a la desesperanza.

Marcela Constanza es una mujer chilena, profesional, madre, luchadora. Vive en una toma en Iquique desde 2018, no porque quiso, sino porque no le quedó otra opción. Hoy, como muchas otras familias, enfrenta el inminente desalojo de su vivienda, construida con esfuerzo, sacrificio y esperanza. Su historia no es única. Es la historia de más del 50% de quienes hoy habitan campamentos a lo largo de Chile, una realidad que permanece oculta bajo la sombra del discurso público que solo enfoca su mirada en los migrantes.

Las tomas no son solo un fenómeno extranjero. Son el resultado de una crisis estructural, de una política habitacional que ha fallado por años, y que se niega a reconocer que también hay chilenos —profesionales, trabajadores, madres y padres— que no tienen cómo pagar un arriendo, que viven en la precariedad extrema, y que se las arreglan día a día para darles lo mínimo a sus hijos.

Marcela vivió nueve meses en una carpa. Trabajó de sol a sol, sin descanso, para juntar cada peso y levantar su casa con pallets, clavos regalados, materiales usados. Hoy, con su vivienda aún en pie, teme perderlo todo. Su testimonio, como el de muchos otros, revela una verdad incómoda: el rostro de la pobreza chilena no siempre es el que se muestra en los matinales o en los informes oficiales. Es un rostro que se oculta porque incomoda. Porque nos obliga a asumir que el Estado ha fallado también con sus propios ciudadanos.

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Y mientras la opinión pública apunta con el dedo, mientras algunos exigen desalojos masivos sin comprender el drama humano que hay detrás, miles de chilenos en tomas son silenciados. A menudo discriminados por sus propios compatriotas, que desde la comodidad de sus hogares, olvidan que el derecho a una vivienda digna es universal. Que nadie elige vivir entre esteras, sin agua, sin luz, sin seguridad.

El egoísmo social ha normalizado la indiferencia. Se critica sin conocer, se exige sin empatía. Pero lo que Marcela representa no es una excepción. Es un grito colectivo que exige justicia, que reclama dignidad, que interpela directamente a las autoridades: ¿Hasta cuándo se seguirá invisibilizando esta realidad?.

Porque lo urgente hoy no es solo desalojar. Es ofrecer soluciones reales. Es mirar a estas familias con humanidad y responder con políticas públicas que integren, no que excluyan. Es garantizar que el sacrificio de quienes construyen su hogar con las uñas no sea desechado como si no valiera nada.

Hoy, más de la mitad de las personas que viven en campamentos son chilenas. Y muchas, como Marcela, no quieren nada regalado. Quieren una oportunidad. Quieren que su esfuerzo sea valorado, no despreciado. Quieren dejar de vivir al margen de un país que se jacta de progreso, pero que aún no resuelve lo más básico: un techo digno para quienes más lo necesitan.

Este no es un caso aislado. Es una realidad que arde en silencio. Es tiempo de que Chile la enfrente.

Por: Redacción Conexión Global

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