16 de agosto de 2026

DIARIO EL NORTINO

Palabras que iluminan nuestro territorio

La universidad ante su mayor desafío silencioso

Cuando el estudiante cambió, pero el sistema aún no termina de comprenderlo

Durante décadas, la educación superior fue concebida como uno de los pilares fundamentales del desarrollo humano, profesional y social. Su propósito histórico ha sido formar pensamiento crítico, construir ciudadanía, generar movilidad social y proyectar futuro. Las universidades, en ese sentido, no solo han cumplido una función académica: han sido espacios de transformación, de esperanza colectiva y de construcción democrática.

Esa misión sigue plenamente vigente.

Sin embargo, toda institución llamada a formar futuro debe mantener una disposición permanente a revisar sus propias estructuras. Ningún sistema educativo puede aspirar a la excelencia si deja de observar con honestidad la evolución de la realidad que lo rodea. Y hoy esa realidad ha cambiado de manera profunda.

Durante mucho tiempo, la educación universitaria fue diseñada bajo un supuesto que parecía natural: el estudiante con disponibilidad preferente para aprender, con tiempos compatibles con la vida académica, con capacidad de organizar su existencia cotidiana en torno al estudio y con condiciones relativamente estables para habitar plenamente la experiencia universitaria.

Ese paradigma respondió a una época.

Pero la sociedad chilena cambió.

Hoy miles de estudiantes enfrentan trayectorias mucho más complejas. Trabajan durante extensas jornadas, sostienen económicamente a sus familias, enfrentan traslados largos, asumen responsabilidades domésticas, viven presiones laborales constantes y, aun así, deciden entrar a una sala de clases con la convicción intacta de que el conocimiento sigue siendo una vía legítima de dignidad, crecimiento y transformación.

Esa decisión no es menor.

Es una expresión concreta de voluntad humana.

Es una apuesta silenciosa por el mérito real, ese que no nace de la comodidad ni de las ventajas iniciales, sino del esfuerzo cotidiano sostenido en medio de contextos adversos.

Y es precisamente ahí donde emerge una de las preguntas más relevantes para la educación superior contemporánea:

¿Está la universidad preparada para comprender al estudiante real del siglo XXI?

La pregunta no pretende deslegitimar los enormes avances institucionales ni desconocer la dedicación de miles de académicos, directivos y funcionarios comprometidos con la formación de calidad. Tampoco busca instalar una crítica simplista o confrontacional hacia instituciones que históricamente han contribuido al desarrollo del país.

Más leído:  Vuelta a clases tras las vacaciones de invierno: ¿Cómo apoyar a los estudiantes en el retorno a la rutina?

Muy por el contrario.

Plantear esta reflexión es, precisamente, reconocer la importancia estratégica de la universidad y exigirle aquello que su propia vocación histórica le demanda: capacidad de adaptación, inteligencia institucional y sensibilidad frente a los cambios sociales.

Porque la excelencia académica no consiste únicamente en preservar estándares rigurosos. También exige revisar si las formas mediante las cuales esos estándares se aplican siguen siendo coherentes con las condiciones reales de quienes aprenden.

Y aquí emerge una tensión legítima que debe ser discutida con madurez.

La educación diurna y la educación nocturna suelen compartir planes formativos, perfiles de egreso, exigencias curriculares y expectativas de desempeño equivalentes. Desde la lógica formal, aquello parece expresar igualdad.

Pero la experiencia concreta de quienes transitan ambos espacios suele desarrollarse bajo realidades profundamente distintas.

Mientras algunos estudiantes disponen de mayores márgenes de tiempo para investigar, asistir, profundizar y participar integralmente de la vida universitaria, otros llegan al aula tras extensas horas de trabajo, cargando agotamiento físico, tensión emocional y responsabilidades personales que condicionan inevitablemente sus procesos cognitivos y su experiencia de aprendizaje.

No se trata de comparar sacrificios.

Se trata de reconocer contextos.

Y cuando los contextos cambian radicalmente, la pedagogía no puede permanecer inmóvil.

Insistir en aplicar idénticas estructuras metodológicas a trayectorias humanas tan distintas puede producir una paradoja profundamente injusta: una igualdad aparente que, en la práctica, reproduce desigualdad.

La verdadera equidad educativa no consiste en exigir menos.

Consiste en comprender mejor.

Consiste en diseñar exigencia inteligente.

Consiste en sostener rigor académico sin desconocer la diversidad real de quienes hoy habitan las aulas universitarias.

Ese es, quizás, uno de los grandes desafíos pendientes de nuestro tiempo.

No porque las universidades estén fallando en su propósito esencial, sino porque toda institución llamada a liderar transformación social debe asumir con valentía la revisión crítica de sus propios modelos cuando la realidad demuestra que ciertos enfoques requieren evolucionar.

Más leído:  Ministerio de Educación constituyó el Consejo Nacional de Directores por Chile

Las metodologías, los sistemas de evaluación, la comprensión de la asistencia, la integración tecnológica, el reconocimiento de aprendizajes previos y la flexibilidad pedagógica ya no pueden seguir siendo discutidos como concesiones excepcionales.

Son parte de una conversación estructural sobre el futuro mismo de la educación superior.

Porque cuando un estudiante trabajador abandona su formación, rara vez se trata solo de una decisión individual.

A veces estamos frente al síntoma de un sistema que todavía no termina de dialogar plenamente con la complejidad humana que pretende formar.

La pregunta ahora no es si debemos discutir este tema.

La pregunta es cuánto tiempo más puede esperar la universidad para enfrentarlo con la seriedad que merece.

Y quizás la respuesta no deba surgir desde la confrontación ni desde el juicio apresurado, sino desde algo mucho más fértil y necesario: una conversación honesta entre instituciones, académicos, estudiantes y ciudadanía sobre la universidad que Chile necesita construir hacia las próximas décadas.

Porque detrás de cada estudiante que estudia de noche mientras trabaja de día no existe una excepción estadística ni una simple categoría administrativa.

Existe una historia de esfuerzo.

Existe una apuesta de dignidad.

Existe una voluntad concreta de transformar el destino mediante el conocimiento.

Y ninguna universidad que aspire verdaderamente a formar futuro puede permitirse mirar esa realidad sin preguntarse, con humildad y visión institucional, si está haciendo todo lo necesario para responder a ella.

Este especial periodístico nace precisamente desde esa convicción. No para señalar culpables ni para instalar trincheras estériles, sino para abrir con respeto, rigor y sentido de país una conversación que merece ser escuchada. Porque las grandes transformaciones universitarias no nacen del conflicto, sino de la capacidad lúcida de reconocer, comprender y evolucionar.
QHAPAQ GLOBAL: Visión que conecta
FONDO QHAPAQ AYMARA: Desarrollo Integral