
Ayer leí un artículo en Facebook que me dejó pensando. El autor afirmaba que debíamos dejar de temerle al comunismo y observar con más objetividad cómo se están transformando países como China. Si bien el texto tenía un tono provocador, despertó en mí una inquietud legítima: ¿Y si ya es hora de dejar los prejuicios ideológicos de lado y comenzar a pensar juntos en el futuro de Chile?.
Tomemos como ejemplo a China, gobernada por un partido comunista, sí, pero que ha implementado un modelo económico profundamente pragmático. Pasaron de un PIB per cápita de apenas 114 dólares en 1970 a más de 13.000 hoy. Sacaron a más de 700 millones de personas de la pobreza extrema. Y lo hicieron combinando planificación estatal con incentivos de mercado, sin aferrarse a recetas del pasado. Empresas estatales, privadas y mixtas conviven en un sistema que prioriza resultados, no etiquetas.
China no exporta ideología: exporta infraestructura, tecnología y acuerdos. En Perú, están construyendo uno de los mayores puertos del Pacífico sudamericano. Proyectan trenes bioceánicos. Y en América Latina han entendido que lo importante no es cómo se define un modelo, sino cómo mejora la calidad de vida de las personas.
Chile tiene con qué, lo que falta es visión
Chile no es un país pobre. Somos uno de los mayores productores de cobre, litio y cobalto, esenciales para la nueva economía de la electromovilidad. Tenemos profesionales calificados, estabilidad institucional, y una sociedad que -pese a sus diferencias- anhela avanzar.
Sin embargo, persisten sueldos bajos, servicios públicos debilitados y una distribución de la riqueza claramente desequilibrada. ¿Cómo es posible que, en un país con tantas riquezas, el sueldo mínimo siga sin cubrir lo más básico para vivir con dignidad?.
¿Es realista un sueldo mínimo de $ 850.000?
Sí, lo es, si se hace con responsabilidad y gradualidad. Aquí no se trata de “cargarle la mano” al pequeño empresario, sino de pedirle a quienes más ganan, que contribuyan proporcionalmente más. Las grandes empresas, en sectores como minería, retail y finanzas, tienen utilidades millonarias y amplios márgenes de maniobra.
Además:
- Chile pierde miles de millones de dólares al año por evasión y elusión tributaria. Solo cerrando esos vacíos, según el propio Servicio de Impuestos Internos, podríamos aumentar la recaudación en más del 4% del PIB.
- Muchas deducciones legales son usadas para descontar gastos personales como si fueran empresariales: casas, autos, incluso viajes.
- Un alza del sueldo mínimo, bien planificada, inyectaría dinamismo al mercado interno, reduciría el endeudamiento familiar y mejoraría la cohesión social.
El error que no debemos repetir
En los años 2000, cuando grandes mineras internacionales llegaron con más consistencia en la región de Tarapacá, estaban dispuestas a pagar sueldos mensuales de hasta $ 14.000 dólares para cargos técnicos especializados. Pero representantes del gobierno regional y del Ministerio del Trabajo se opusieron, argumentando que esos sueldos romperían “la armonía del mercado laboral”.
El resultado fue que se impusieron salarios mucho más bajos. ¿A quién protegió realmente esa “armonía”? ¿A los trabajadores locales o al margen de utilidad empresarial? Es momento de corregir esa mirada: pagar sueldos dignos no desordena un país, lo ordena desde la justicia.
Líderes que pueden encontrarse desde diferentes orillas
Hoy, existen figuras en la izquierda chilena, como Camila Vallejo, Karol Cariola, Daniel Jadue o Bárbara Figueroa, que han propuesto una redistribución más justa de la riqueza y un rol más activo del Estado en sectores estratégicos. Plantean que Chile no puede seguir esperando que la riqueza “chorree”, cuando el sistema ha demostrado que no lo hace.
Pero también hay sectores en la centro-derecha y derecha liberal que han mostrado señales de apertura. Sebastián Sichel, Ignacio Briones, Hernán Larraín Matte, entre otros, han dicho abiertamente que la desigualdad es un problema estructural y que el país necesita una reforma tributaria, un sistema previsional más justo y nuevos acuerdos sociales. Incluso empresarios como Andrónico Luksic han señalado que quienes tienen más deben pagar más.
Esto demuestra que existe espacio para construir un nuevo pacto transversal que deje de lado trincheras ideológicas y se centre en las soluciones reales.
Aprender del pasado para construir futuro
En lugar de recurrir a figuras heroicas de la resistencia armada, propongo inspirarnos en alguien como Clotario Blest, quien unió el sindicalismo, la fe y la ética del servicio. Supo trabajar desde dentro del sistema, con humildad, sin odio, y con la convicción de que Chile podía ser más justo. Su legado es un llamado permanente al diálogo con firmeza y respeto.
El momento es ahora
Chile está en un punto de inflexión. Ya no basta con promesas ni con polarización. Necesitamos coraje político, acuerdos amplios y ciudadanos informados. La pregunta ya no es quién tiene la razón ideológica, sino quién está dispuesto a construir un país donde vivir con dignidad sea un derecho, no un privilegio.
Y para eso, necesitamos a todos: desde la izquierda transformadora hasta la derecha moderna, desde empresarios conscientes hasta trabajadores organizados, desde los que desconfían hasta los que sueñan. Porque cuando dejamos de lado el miedo y nos enfocamos en el bien común, Chile avanza.
Juan Carlos Hernández Caycho
Educador, agente de cambio y vocero de la AMA


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