
Chile tiene una capacidad notable para reaccionar cuando algo se rompe. Llueve, se desbordan calles, una persona queda a la intemperie y aparece una red: vecinos, voluntarios, empresas, municipios, organizaciones sociales. Este invierno, Hogar de Cristo atendió a 1.226 personas en hospederías y Rutas Calle y abrió 90 nuevos cupos ante el temporal.
Que respondamos así está bien.
El problema es que muchas veces necesitamos que llueva fuerte para volver a encontrarnos. El temporal no crea la pobreza ni la soledad; las pone delante de todos y, por unos días, nos obliga a organizarnos, confiar y hacernos cargo. La pregunta es qué pasa con esa red cuando la urgencia termina.
La “Cartografía Social de Chile 2025: Reconstruir el Vínculo y la Convivencia” ayuda a entender por qué esa pregunta importa. El 41,3% de las comunas analizadas presenta alta vulnerabilidad estructural y otro 14,1%, alta inseguridad territorial. Son problemas instalados, no emergencias pasajeras. Y hay una contradicción muy elocuente: Chile tiene más de 475 mil organizaciones de la sociedad civil, 83 mil más que en 2020, pero apenas el 8% de las personas dice que casi siempre se puede confiar en los demás y el 61% cree que otros intentarían aprovecharse si pudieran.
Sabemos organizarnos. Lo hacemos cada vez que una emergencia lo exige. Lo que cuesta más es transformar esa capacidad en confianza cotidiana, en vínculos que duren cuando ya no hay una alarma ordenándonos qué hacer. Tener miles de organizaciones sirve, por supuesto. Pero ser comunidad es otra cosa: supone confiar, conocerse y estar antes de que el problema explote.
Porque reaccionar bien frente a un temporal salva vidas y hay que hacerlo. Pero una sociedad solidaria no puede necesitar lluvia para acordarse del otro. Si el Mes de la Solidaridad sirve para algo, que sea también para sostener esa disposición cuando deja de llover, cuando las quebradas no se desbordan, cuando los techos no ceden por los inauditos milímetros de agua, cuando baja la emergencia y cuando, aparentemente, no pasa nada.
Por Alejandra Troncoso, jefa social de Hogar de Cristo en Iquique.


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