
En el vasto engranaje del servicio público existen hombres y mujeres que ejercen su labor con un celo inquebrantable, aferrándose a reglamentos y procedimientos como si fueran muros infranqueables. Su compromiso, aunque admirable en apariencia, puede transformarse en un arma de doble filo cuando la rigidez reemplaza a la empatía, y la letra fría de la norma ahoga el espíritu humano que debe inspirar todo acto de servicio.
El funcionario público no es una máquina programada para cumplir a rajatabla lo escrito en un manual. Es, ante todo, un ser humano llamado a servir a otros seres humanos. El criterio -esa mezcla de discernimiento, experiencia y sentido común- no es una concesión opcional, sino una herramienta indispensable. Porque servir sin criterio es como navegar con un mapa exacto, pero sin mirar el horizonte.
Cuando la obsesión por “hacerlo todo según el libro” eclipsa la sensibilidad hacia las realidades y contextos de personas, organizaciones, empresas y comunidades, el resultado no es excelencia, sino daño. Se lastima al ciudadano que confía en la institución, se hiere la credibilidad del organismo que se representa y, en silencio, se erosiona la dignidad misma del servidor.
Escribo estas líneas porque, en nuestra Región de Tarapacá, existen funcionarios que actúan bajo esa premisa. Conozco de cerca esa realidad porque también fui funcionario público, y sé que el celo mal entendido puede transformarse en una barrera que aleja a las personas en vez de acercarlas. Por eso, este es un llamado a reflexionar: no se trata de renunciar a la rigurosidad, sino de equilibrarla con humanidad.
Quien solo conoce el cumplimiento ciego termina olvidando que la ley también fue creada para proteger, orientar y dar vida, no para sofocar. Y ese olvido cobra un precio: el de convertirse en un funcionario temido, pero no respetado; eficiente, pero no admirado; presente en el cargo, pero ausente en la memoria agradecida de quienes alguna vez atendió.
El destino de quien confunde celo con servicio verdadero es predecible y doloroso: la soledad profesional. El reconocimiento se desvanece, las miradas de gratitud desaparecen, y un día -cuando la voz del sistema ya no requiera su inflexible lealtad- descubrirá que sirvió más a la norma que a las personas. Y entonces, el silencio de ese vacío será su único testigo.
Ser un buen servidor público no significa bajar los estándares, sino elevarlos con humanidad. Significa hacer cumplir la ley, sí, pero también hacer justicia. Es recordar que cada trámite, cada firma y cada decisión, afectan vidas reales. Porque al final, lo que permanecerá no serán las resoluciones impecables, sino las historias humanas que ayudamos a escribir.
Juan Carlos Hernández Caycho
Educador, agente de cambio y vocero de la AMA


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