
Santiago está aprendiendo a convivir con un sonido que antes le parecía casi exótico. En julio, truenos y relámpagos sorprendieron de noche a distintos sectores de la Región Metropolitana. A comienzos de octubre, la Dirección Meteorológica mantuvo avisos por tormentas eléctricas en diez regiones, desde Coquimbo hasta Los Lagos. Y el 13 de octubre, una tormenta eléctrica con granizo golpeó la capital y Senapred declaró Alerta Roja. Ese día, la selección femenina suspendió su amistoso ante Bolivia. La pregunta incómoda es qué pasó, a esa misma hora, en las miles de canchas, cerros y parques donde nadie tenía un comunicado oficial que publicar.
En el deporte de elite siempre hay alguien que decide: árbitros, médicos, federaciones. Pero la mayor parte de la actividad física en Chile ocurre lejos de esos protocolos. Está en la liga del barrio, en la escuela deportiva municipal, en el grupo de running que sale al atardecer, en el ciclista que sube al cerro y en el profesor que hace clases en un patio abierto. Ahí, la decisión de seguir o detenerse ante un trueno suele quedar en manos del entusiasmo, de la costumbre o del clásico «juguemos cinco minutos más». Frente a un rayo, eso no es una política de seguridad. Es una apuesta.
El riesgo no es menor ni exagerado. La Asociación Nacional de Entrenadores Atléticos de Estados Unidos, NATA, advierte que el rayo podría ser el peligro de tormenta severa que con más frecuencia amenaza a las personas físicamente activas, y que las víctimas en actividades deportivas y recreativas han aumentado de forma alarmante en las últimas décadas. Según datos de 2005 citados por esa organización, cerca del 15% de las víctimas de rayos en Estados Unidos practicaba deporte organizado y otro 25 a 30% realizaba actividades recreativas. Buena parte de quienes resultan alcanzados no estaba haciendo nada que pareciera imprudente. Estaba jugando, entrenando o paseando.
La buena noticia es que la ciencia ya ofrece reglas simples, de esas que cualquier entrenador puede aplicar sin instrumental sofisticado. La primera es que ningún lugar al aire libre es seguro cuando hay tormentas eléctricas en la zona. La segunda es contar el tiempo entre el relámpago y el trueno: NATA recomienda suspender la actividad si pasan 30 segundos o menos entre ambos. Como el sonido viaja a unos 340 metros por segundo, esos 30 segundos equivalen a cerca de diez kilómetros, y un rayo puede caer a varios kilómetros del centro de una tormenta, por lo que el peligro no siempre coincide con el momento en que empieza a llover. La tercera regla es la más ignorada: esperar al menos 30 minutos después del último relámpago o trueno antes de volver a la cancha. El riesgo no termina cuando para la lluvia.
Hay otro dato que debería enseñarse en cualquier curso de primeros auxilios deportivos: la reanimación cardiopulmonar es efectiva para recuperar a víctimas de rayo que quedan sin pulso. Saber iniciarla a tiempo puede marcar la diferencia entre una tragedia y una recuperación.
Con todo, el problema de fondo no es solo de información. Es de cultura y de organización. La recomendación internacional es que cada recinto cuente con una forma confiable de monitorear el clima y con una cadena de mando clara para tomar la decisión. Eso significa que alguien, con nombre y apellido, tiene la autoridad para detener un partido o un entrenamiento, aunque el marcador esté apretado o los apoderados reclamen. ¿Cuántas ligas amateur, escuelas deportivas o municipios en Chile tienen ese protocolo por escrito? ¿Cuántos entrenadores saben dónde llevar a su grupo si el cielo se oscurece en plena sesión? Hasta hace poco eran preguntas de otros climas. Con El Niño proyectado al menos hasta el otoño de 2027, ya no lo son.
Aquí se vuelve evidente el valor del entrenador formado. Detener una actividad por seguridad no es exceso de celo ni falta de carácter. Es una competencia profesional, tan propia del oficio como dosificar una carga o reconocer una lesión. El entrenador que domina un protocolo frente a tormentas eléctricas protege a su grupo con la misma seriedad con que planifica una semana de entrenamiento. La diferencia es que, en este caso, el error no se paga con una mala temporada.
Chile tiene una cultura preventiva frente a los terremotos que pocos países pueden mostrar. Sabemos dónde ubicarnos, qué hacer y a quién seguir cuando la tierra se mueve. Las tormentas eléctricas exigen una lógica parecida, adaptada a un riesgo que hasta hace poco considerábamos ajeno. Instalar protocolos simples en clubes, colegios y escuelas deportivas no requiere grandes inversiones, sino decisión institucional y formación de quienes conducen la actividad. Cuando el clima cambia, la seguridad deportiva no puede seguir dependiendo de la intuición del momento. Debe convertirse en una norma conocida, enseñada y practicada antes de que el próximo trueno nos encuentre en medio de la cancha.
Por Frano Giakoni Ramírez, director del Magíster en Gestión Deportiva UNAB.


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