15 de agosto de 2026

DIARIO EL NORTINO

Palabras que iluminan nuestro territorio

Los vicios que un político no debería tener

Después de más de dos décadas observando la política chilena y viviendo de cerca la realidad de la Región de Tarapacá, he aprendido que la distancia entre los discursos y la realidad suele estar marcada no solo por falta de visión, sino también por la presencia de vicios que degradan la vida pública. Vicios que, cuando se instalan, hacen que la política deje de ser un servicio para convertirse en un negocio personal o en un espectáculo vacío.

En tiempos de campaña electoral, creo fundamental recordarnos qué tipo de prácticas no debemos aceptar en nuestros representantes y por qué. Lo que está en juego no son cargos, sino el bienestar de nuestra gente, el futuro de nuestros hijos y la dignidad de toda una región.

La corrupción es quizás el vicio más grave de todos. Cuando un político desvía recursos públicos hacia sus bolsillos o los de sus amigos, no solo roba dinero: le roba oportunidades a la ciudadanía. Cada peso malgastado es un hospital que no se construye, una escuela que no recibe materiales, una carretera que nunca se termina. La corrupción destruye la confianza en las instituciones y genera desafección ciudadana: la gente deja de creer en la política porque siente que todos están en lo mismo.

Otro vicio dañino es el clientelismo. Consiste en dar favores, puestos o regalos a cambio de votos. En vez de construir ciudadanía consciente, se construyen clientelas dependientes. Este vicio degrada la democracia porque transforma al elector en cliente, y al político en comerciante de voluntades. El clientelismo no empodera a las comunidades: las esclaviza bajo el favor temporal, en lugar de garantizarles derechos duraderos.

El nepotismo es otro cáncer que carcome la legitimidad política. Un político que llena los cargos públicos con familiares y amigos, sin importar sus competencias, convierte al Estado en su empresa personal. Este vicio expulsa a los profesionales capaces, desanima a quienes se preparan con esfuerzo y perpetúa un círculo cerrado de poder. Cuando la política es nepotista, la región entera pierde talentos y oportunidades de desarrollo.

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El populismo irresponsable es otro mal frecuente. Se traduce en prometer lo imposible: sueldos que nunca se podrán pagar, obras que no hay presupuesto para financiar, beneficios que solo sirven para encender el aplauso momentáneo. El problema no es prometer; el problema es mentir deliberadamente. El populismo es un cheque sin fondos que, cuando se descubre, genera frustración social y erosiona la fe en la democracia.

La mentira en política es quizás el vicio más evidente y, sin embargo, sigue siendo uno de los más usados. Mentir con cifras, manipular la información o difundir noticias falsas para deslegitimar al adversario no solo daña al rival: daña a toda la sociedad. Una democracia no puede funcionar sin verdad. Cuando los ciudadanos no saben en quién confiar, la política se convierte en un espectáculo vacío, dominado por la desinformación.

He visto cómo algunos políticos de la región, una vez electos, se encierran en sus oficinas, rodeados de asesores y de la elite partidaria, olvidando a quienes los eligieron. La arrogancia y la desconexión son vicios sutiles pero letales: un representante que no escucha, que no camina los barrios, que no pisa la tierra de la que habla, legisla en una burbuja. Y una burbuja jamás podrá dar soluciones reales a problemas concretos.

Otro vicio frecuente es el miedo a decidir. Muchos políticos prefieren la inercia antes que arriesgarse a perder votos. No impulsan cambios, no toman posturas claras, no arriesgan liderazgo. Pero la indecisión también es una forma de irresponsabilidad: cuando se posterga una solución, las personas que sufren el problema siguen esperando. Y en Tarapacá ya hemos esperado demasiado en materia de salud, seguridad, vivienda y empleo.

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Por último, un vicio que no deberíamos tolerar es el apego enfermizo al poder. Hay quienes ven la política como una carrera sin salida, como un cargo al que deben aferrarse a toda costa. Se vuelven caudillos locales, incapaces de dar paso a nuevas generaciones. El apego al poder cierra las puertas al recambio, bloquea ideas frescas y transforma la política en un club privado.

Lo contrario de estos vicios es lo que debemos exigir. Queremos políticos que vivan la política como un servicio, no como un botín. Representantes que sean honestos, cercanos y valientes; que se atrevan a tomar decisiones difíciles, pero con sentido de justicia y respeto por la comunidad.

Después de haber sido asesor político comunicacional por más de 20 años, puedo decir con convicción que la Región de Tarapacá no necesita promesas vacías ni espectáculos de campaña. Lo que realmente requiere son parlamentarios que escuchen, que se comprometan de verdad y que no caigan en los vicios que han manchado la política chilena durante décadas. Y esta no es solo mi reflexión: es el clamor silencioso de miles de ciudadanos que quieren volver a confiar en la política, que sueñan con una región más justa, próspera y respetada en todo Chile.

Juan Carlos Hernández Caycho
Educador, agente de cambio y vocero de la AMA

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