
Tarapacá ha aprendido, con paciencia y experiencia, que el desarrollo no llega solo por decreto, ni por la suma de inversiones anunciadas, ni por la existencia de un sistema económico estratégico como la Zona Franca de Iquique. El desarrollo real se construye cuando las decisiones de alto impacto se toman con visión territorial, con transparencia, con legitimidad social y con responsabilidad hacia la comunidad que sostiene -con su trabajo y esfuerzo diario- el futuro de la región.
En los últimos días, ZOFRI S.A. ha estado en el centro de la conversación pública por dos hechos relevantes que conviene observar con serenidad. Por una parte, la compañía informó que su Junta Extraordinaria de Accionistas aprobó un Plan de Inversiones superior a los $115 mil millones, con el objetivo de avanzar en la renovación anticipada de su concesión hasta el año 2050, proyectando a la Zona Franca como una plataforma logística moderna del Cono Sur. Por otra parte, se conoció que un accionista, Consorcio Franco de Exportación S.A., solicitó formalmente la nulidad de dicha Junta, planteando observaciones sobre la forma de citación y sobre la disponibilidad de información para una votación plenamente informada.
Ambos hechos, más allá de las interpretaciones, instalan un elemento inevitable: la necesidad de observar con mayor atención lo que ZOFRI realice en adelante. Y esto no debe entenderse como una eventualidad negativa ni como un ánimo de confrontación, sino como parte natural de una sociedad que ha madurado, que exige estándares más altos y que comprende que las instituciones estratégicas se fortalecen cuando actúan con apertura y claridad.
En el mundo corporativo, el peso de las mayorías suele definir el curso de las decisiones. Esa es una realidad objetiva. Sin embargo, en los tiempos actuales, el desafío de una empresa estratégica como ZOFRI no se limita a cumplir etapas formales: el desafío mayor es construir legitimidad sostenible en el tiempo. Y la legitimidad no se obtiene únicamente por porcentaje de votos: se consolida por la calidad del proceso, por el respeto institucional, por la entrega oportuna de información y por la capacidad de proyectar una mirada más integradora y territorial.
ZOFRI no es una empresa cualquiera. Su rol económico y su impacto la convierten en una pieza clave para el norte grande. Cuando ZOFRI se mueve, se mueven expectativas regionales. Por eso, el debate de fondo no puede reducirse a cifras, plazos o conceptos técnicos. La pregunta esencial es otra: ¿cómo logramos que este nuevo ciclo sea, de verdad, un ciclo de desarrollo regional?.
Tarapacá necesita que la modernización tenga rostro humano. Necesita que la inversión se traduzca en oportunidades concretas: empleo de calidad, formación técnica, encadenamientos productivos locales, fortalecimiento de la pequeña y mediana empresa, innovación con identidad territorial, mejor infraestructura y una distribución más justa del valor que se genera en un territorio que por décadas ha aportado al país más de lo que ha recibido.
Este es un punto que conviene plantear con equilibrio: durante demasiado tiempo, nuestra región ha sido vista como un territorio útil, pero no siempre prioritario. Útil para el comercio, útil para la minería, útil para la logística. Sin embargo, cuando llega el momento de invertir con fuerza en el desarrollo integral de las personas, el avance ha sido más lento de lo que Tarapacá merece.
En este contexto, un plan de inversiones de gran magnitud puede ser una oportunidad histórica. Puede ser el inicio de una etapa distinta. Pero esa oportunidad solo se consolida si se construye confianza. Y la confianza, en tiempos como estos, es el activo más escaso y valioso.
No se trata de plantear discrepancias a ZOFRI, ni de desconocer su rol, ni de atribuir intenciones que no están a la vista. Se trata de recordar que una entidad que opera sobre una concesión pública, en un territorio que clama por desarrollo, debe aspirar siempre a un estándar superior. No basta con cumplir lo mínimo. Es necesario construir un camino que convoque, que incluya y que genere acuerdos amplios.
La renovación de una concesión hasta 2050 no puede ser vista únicamente como un hito corporativo. Debe entenderse como un pacto regional de largo plazo, que se sostiene no solo en documentos, sino en participación, diálogo, transparencia y compromiso visible hacia Tarapacá.
Nuestra comunidad está preparada para dar ese gran salto. Tarapacá tiene talento, fuerza emprendedora, capacidad técnica e identidad territorial. Lo que muchas veces ha faltado no es capacidad, sino oportunidad. Solo requerimos una oportunidad real para demostrarlo, para ser incluidos y para aportar desde la región al desarrollo que por tanto tiempo hemos esperado.
En este sentido, se abren puertas y se abre un momento. Porque el desarrollo no lo construye una sola empresa, ni un solo gobierno, ni un solo grupo. El desarrollo se construye cuando todos aportamos y cuando el territorio se vuelve protagonista de su propio destino.
Tarapacá necesita, por fin, repuntar hacia el desarrollo social, económico, político y productivo con el que sueña desde hace muchas décadas. Y ese desarrollo debe ser equilibrado, humano, sostenible y justo. Debe ser un desarrollo que no solo se mida en millones, sino en dignidad, oportunidades y futuro compartido.
Juan Carlos Hernández Caycho
Periodista, comunicador social, gestor cultural y vocero de la AMA


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