
En la política local y nacional conviven figuras que, aunque parecen distintas, comparten una raíz común: la manipulación del sistema y de la buena fe ciudadana. Son personajes que se presentan como defensores del pueblo, pero cuya principal habilidad ha sido adaptarse a cada época para no desaparecer del escenario.
Por un lado, están los eternos candidatos, aquellos que nunca ganan una elección, pero que jamás se retiran. Han hecho de la política una carrera rentable sin necesidad de conquistar las urnas. Aparecen en cada ciclo electoral con el mismo discurso, se autoproclaman guardianes de la transparencia y los derechos ciudadanos, y viven de la exposición mediática y del aplauso fácil. Su talento no está en representar, sino en mantenerse cerca del poder sin tener que ejercerlo. Son hábiles para transformarse según el gobierno de turno, ocupando cargos, asesorías o funciones menores que les permiten continuar “sirviendo” mientras el sistema los sostiene.
Y junto a ellos emergen los oportunistas políticos o voceros del vacío, expertos en hablar sin decir nada, en llenar los micrófonos con frases de impacto y contenido efímero. Son los que logran acceder a un cargo -por elección o designación- y lo convierten en una plataforma de autopromoción. En los espacios donde deberían actuar, callan; pero frente a las cámaras, se transforman en héroes de una épica que solo existe en sus relatos. Son los leones de micrófono y ratones de decisión, que se alimentan de la esperanza ciudadana y la agotan con discursos que suenan bien, pero que no dejan huella.
Ambos tipos de personajes -los eternos candidatos y los voceros del vacío- forman parte de un mismo teatro político donde la actuación reemplaza a la acción, y la retórica suplanta a la coherencia. No buscan transformar la realidad, sino mantenerla lo suficientemente confusa como para seguir ocupando un rol en ella. Mientras más ruido generan, más fácil resulta disimular su falta de resultados.
Y entonces surgen las preguntas que incomodan: ¿Cuántos de esos personajes conocemos en Tarapacá? ¿Cuántos han estado en campaña una y otra vez, sin haber dejado una obra concreta que mejore la vida de la región? ¿Cuántos hablan de transparencia y servicio público, pero solo aparecen cuando hay cámaras o elecciones?.
El ciudadano tarapaqueño no necesita discursos, necesita coherencia. No requiere héroes de micrófono, sino servidores públicos que entiendan que representar a una región no es aparecer en titulares, sino resolver problemas reales.
El peligro es que, si seguimos aplaudiendo el espectáculo, la política continuará siendo un escenario donde los protagonistas cambian, pero la trama es siempre la misma. Tarapacá -y Chile entero- necesita menos voces vacías y más líderes con propósito; menos denuncias performáticas y más resultados visibles; menos candidatos de ocasión y más compromiso con el bien común.
La confianza ciudadana no se recupera con palabras, sino con ejemplos. Tal vez haya llegado el momento de bajar el telón de este teatro y comenzar a escribir una nueva historia, donde la representación política vuelva a significar servir, no simular.
Juan Carlos Hernández Caycho
Periodista, comunicador social, gestor cultural y vocero de la AMA


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