
Las elecciones de este año en Tarapacá dejaron mucho más que el simple conteo de votos. Nos dieron un espejo. Un reflejo de quiénes somos hoy como región y hacia dónde aspiramos a movernos. Y en ese espejo no solo aparecen los candidatos electos, sino también lo que la ciudadanía siente, piensa, teme y espera.
El triunfo de Renzo Trisotti sobre Danisa Astudillo no fue casualidad. La región votó por la persona, por la figura que se mostró con mayor claridad frente a las urgencias que vivimos cada día. Tarapacá eligió a quien interpretó mejor el malestar, la preocupación por la seguridad, la migración y la sensación de abandono. Y lo interesante es que esta elección se hizo sin detenerse demasiado en el pasado oscuro que algunos puedan tener, sin revisar con lupa contradicciones, errores o antecedentes de ciclos anteriores. La gente no votó por el expediente; votó por la esperanza de que algo pueda cambiar.
Lo mismo se vio en la elección de diputados. Carlos Carvajal desde un punto más moderado, y Ximena Naranjo y Álvaro Jofré desde la derecha, representan tres miradas distintas, pero un mismo fenómeno: el electorado eligió rostros que, más allá de sus partidos, transmitieron la idea de que existe un camino posible para que la región avance. Yo interpreto este resultado como una señal clara de que Tarapacá no busca perfección, busca posibilidades. Busca personas que le devuelvan la sensación de que, con trabajo y decisión, las cosas pueden mejorar.
Danisa Astudillo mantuvo el escaño para la izquierda, y eso es una señal de resistencia de un electorado que sigue creyendo en la causa social. Pero también queda claro que ese voto no crece. La izquierda mantiene presencia, pero ya no arrastra con la misma fuerza. Mucha gente que antes votaba por ese sector hoy miró hacia alternativas más firmes en temas urgentes. Y aun así, incluso en su caso, el voto fue hacia la persona, no hacia el aparato político.
Todo esto me permite afirmar que Tarapacá no votó ideológicamente. Votó emocionalmente. Votó humanamente. Votó por rostros que, con sus luces y sombras, con sus virtudes y defectos, ofrecen la promesa de que esta región puede volver a levantarse.
Hoy Tarapacá tiene la oportunidad de crecer y convivir de una manera distinta, donde el bienestar común no sea una utopía sino un proyecto posible. La ciudadanía demostró que está dispuesta a creer, incluso en figuras que arrastran polémicas o antecedentes cuestionables, si sienten que existe un camino hacia una vida más digna. Eso no es ingenuidad; es necesidad. Es la expresión más profunda del deseo de vivir tranquilos, de que nuestros esfuerzos personales se consoliden, de que el trabajo de cada familia se traduzca en estabilidad, en futuro, en oportunidades reales.
Me queda claro que la región no está polarizada; está cansada. No está dividida; está expectante. Y en ese escenario, cada persona electa tiene ahora la responsabilidad enorme de honrar esa esperanza, de demostrar que el voto recibido no fue un cheque en blanco, sino una apuesta por un cambio que debe ser real y concreto.
Tarapacá no necesita discursos heroicos ni promesas eternas. Necesita decisiones valientes, liderazgo, coherencia y resultados. Y lo que vimos en estas elecciones es que la ciudadanía está dispuesta a dar nuevas oportunidades, incluso a quienes en otro momento habría cuestionado profundamente. Porque cuando una región siente que tiene algo que ganar, está dispuesta a perdonar, a creer, a intentarlo de nuevo.
Desde mi experiencia y desde mi compromiso con esta tierra, veo estos resultados como el punto de partida de un ciclo distinto. Un ciclo donde la gente ya no vota por banderas, sino por personas; no vota por la historia, sino por la posibilidad de construir una nueva. Y eso, lejos de preocuparnos, debería impulsarnos a elevar el estándar y a recordar que Tarapacá merece algo más que sobrevivir: merece vivir con dignidad, con esperanza y con un propósito compartido.
Estoy convencido de que esta región tiene todo para lograrlo. Ahora es tarea de quienes fueron elegidos demostrar que el voto de confianza de miles de familias no se desperdiciará. Tarapacá nos ha dado una nueva oportunidad. Que no la dejemos pasar dependerá de todos nosotros.
Juan Carlos Hernández Caycho
Periodista, comunicador social, gestor cultural
Vocero de la Alianza Mundial Aymara (AMA)


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